
El hito de la deuda nacional de EE. UU. en el 100% del PIB ya es oficial: la deuda en manos del público alcanzó los 32,2 billones de dólares al cierre del año fiscal 2026, equivalente al 100,03% del producto interior bruto del país, la primera vez que la ratio de cierre fiscal supera el 100% desde 1946. La cifra, publicada por The Wall Street Journal el jueves 29 de octubre de 2026, llega pocos días antes de las elecciones de medio término del 3 de noviembre y convierte un número que los economistas llevaban años vigilando en un hecho central de la vida pública estadounidense.
Es un hito que tardó 80 años en llegar, y llega sin la emergencia que produjo el anterior. En 1946, Estados Unidos acababa de endeudarse para ganar la Segunda Guerra Mundial. En 2026, cruzó la misma línea en tiempos de paz, con la economía creciendo y un déficit federal que sigue rondando los 2 billones de dólares al año. Ese contraste — una ratio de guerra alcanzada en una economía en expansión — explica por qué el número ha llamado tanto la atención y por qué los economistas de todos los signos dicen que lo importante no es la cifra redonda en sí, sino el camino que viene.
El cálculo solo fue posible cuando el Departamento de Comercio publicó su primera estimación del crecimiento del tercer trimestre el jueves 29 de octubre. La Oficina de Análisis Económico informó de que el PIB real creció a una tasa anualizada del 3,4% en el tercer trimestre de 2026, por encima del 3,2% esperado por el mercado. Con un año fiscal completo de producción — el año fiscal 2026 fue del 1 de octubre de 2025 al 30 de septiembre de 2026 —, el cálculo del Journal situó los 32,2 billones de deuda pública en el 100,03% del PIB del año fiscal.
El margen es mínimo, y la información lo reconoce con cuidado. Estados Unidos ya había cruzado el 100% en un cálculo intraanual a principios de 2026: el Comité para un Presupuesto Federal Responsable, citado por Fortune, situó la ratio en el 100,2% a finales de marzo. Lo nuevo es la cifra de cierre fiscal, la medida estándar que usan los economistas para comparar un año con otro. Incluso esa cifra podría moverse: revisiones posteriores del PIB del tercer trimestre, o cambios en la forma en que el Tesoro emite deuda, podrían devolver la ratio por debajo del 100% o alejarla más de él.
El déficit que hay detrás de la deuda se confirmó a principios de octubre. El Departamento del Tesoro dijo el 16 de octubre que el déficit presupuestario del año fiscal 2026 totalizó 1,992 billones de dólares, el 6,2% del PIB. Es un nivel de déficit más propio de recesiones o guerras. La crónica de Newsmax sobre el hito subrayó el punto: el endeudamiento continuó "fuera de una recesión, una guerra importante o una emergencia comparable", incluso cuando la economía crecía con rapidez en el tercer trimestre y el endeudamiento federal seguía el ritmo de la producción.
El presidente Donald Trump es el primer presidente desde Harry Truman en 1946 que ve la ratio fiscal tan alta, una comparación que marca la fecha más que asignar culpas. La información del Journal, según recogen varios medios, vincula la deuda con décadas de recortes de impuestos, gasto de emergencia y envejecimiento de la población bajo ambos partidos: una acumulación bipartidista, no la creación de una sola administración.
El camino del 33,7% al 100,03% es una de las grandes reversiones de la historia fiscal moderna de Estados Unidos. En 2000, la deuda en manos del público equivalía al 33,7% del PIB y estaba cayendo. A finales de los años noventa se habían producido superávits presupuestarios anuales, ayudados por un fuerte crecimiento económico, contención del gasto e ingresos por ganancias de capital del auge tecnológico. A principios de 2001, el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, hablaba públicamente de las posibles complicaciones si el gobierno liquidaba por completo su deuda pública.
Lo que siguió invirtió la trayectoria paso a paso. Repetidos recortes de impuestos y un mayor gasto elevaron el endeudamiento. Las respuestas federales a los atentados del 11 de septiembre de 2001, la crisis financiera de 2008-09 y la pandemia de COVID-19 añadieron nuevas capas de deuda. Mientras tanto, el envejecimiento de la población aumentó de forma constante los costes de la Seguridad Social y Medicare, los dos mayores motores del gasto federal a largo plazo. Ningún presidente ni partido produjo por sí solo la cifra del 100%; es la suma de un cuarto de siglo de decisiones, crisis y demografía.
La distinción entre las dos cifras de deuda en circulación importa para entender el hito. La deuda federal bruta superó recientemente los 40 billones de dólares, pero incluye dinero que una parte del gobierno le debe a otra, como los valores del Tesoro en manos del fondo fiduciario de la Seguridad Social. La deuda en manos del público — 32,2 billones — es el dinero que se debe a prestamistas externos: inversores privados, gobiernos extranjeros y la Reserva Federal. Los economistas generalmente la prefieren porque mide el endeudamiento que compite por capital en los mercados financieros y fija el precio que paga el gobierno por endeudarse.
El contexto económico más amplio hace el hito más llamativo, no menos. El informe del PIB del tercer trimestre mostró un gasto del consumidor, que representa más de dos tercios de la producción, creciendo a un ritmo del 3,8%, y una inversión empresarial que subió un 12,7%, impulsada en gran parte por el gasto en infraestructura de inteligencia artificial. La Reserva Federal mantuvo su tasa de referencia en el 3,75% al 4,00% el 28 de octubre de 2026, al tiempo que reconocía que la inflación "sigue elevada": el índice de precios PCE preferido por la Fed subió un 3,6% interanual en septiembre. El crecimiento, en otras palabras, no es el problema. El déficit corre a escala de guerra en una economía en crecimiento, y eso es lo que ha empujado la ratio de deuda por encima de la línea.
Si la ratio de deuda en sí es un símbolo, la factura de intereses es la sustancia. La Oficina de Presupuesto del Congreso prevé que el coste neto anual de los intereses aumente más de 1 punto porcentual del PIB en la próxima década, y esa previsión asumía tasas de interés por debajo de las actuales. El 28 de octubre, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años era del 5,05% y el de 30 años del 5,37%, según la información del Journal. Unos rendimientos más altos no solo elevan el coste de endeudamiento del gobierno; fijan las tasas que las familias pagan por sus hipotecas y otros préstamos a largo plazo.
La sensibilidad es enorme. Según los cálculos del Journal, si las tasas de interés se mantienen solo 0,1 puntos porcentuales por encima de las hipótesis de la CBO durante el periodo previsto, los gastos federales en intereses aumentarían en 379.000 millones de dólares adicionales en una década. Esa es la aritmética de una pila de deuda de 32 billones: pequeños movimientos en las tasas se traducen en cientos de miles de millones en intereses extra, que a su vez deben pedirse prestados, empujando la ratio aún más alto. Es un bucle que los economistas advierten, y ya está en marcha.
Las proyecciones a más largo plazo apuntan en una sola dirección. La CBO espera que la ratio de deuda en manos del público siga subiendo, hasta el 120% en 2036, según la información en coreano sobre las perspectivas de la CBO. Se espera que el fondo fiduciario de la Seguridad Social se agote en 2032, tras lo cual solo podría pagarse alrededor del 78% de las prestaciones programadas a menos que el Congreso actúe, un plazo que queda a menos de seis años. El director de la CBO, Phillip Swagel, hablando en un evento este mes, captó la dificultad política según lo recogido por el Journal: "Creo que hay comprensión sobre la difícil trayectoria fiscal. Por supuesto, la dificultad es que EE. UU. es un país dividido y una sociedad dividida y estamos divididos políticamente".
El hito también llega en una semana de noticias fiscales incómodas para la administración. Un estudio del Instituto Económico Alemán IW, visto por Reuters el viernes 30 de octubre, concluyó que los aranceles, recortes de impuestos e impulso manufacturero del presidente Trump habían producido un crecimiento sólido y una inversión pujante en IA, pero no habían reducido el déficit comercial: la brecha de bienes llegó a 130.000 millones de dólares en agosto, por encima de su nivel de dos años antes, mientras las entradas de inversión extranjera directa cayeron un 8,2%, hasta 248.000 millones de dólares en 2025. El crecimiento se mantiene; el equilibrio fiscal, no.
La reacción política directa a la cifra del 100% aún se estaba formando el viernes, pero el marco de los expertos fue coherente en toda la información: se trata de una trayectoria bipartidista de décadas, y el número importa menos como umbral que como advertencia sobre los costes de intereses y el margen fiscal. La crónica del Journal subrayó que la deuda refleja "décadas de recortes de impuestos, gasto de emergencia y envejecimiento de la población bajo ambos partidos", una formulación diseñada para resistir lecturas partidistas en los últimos días de una campaña de medio término.
La observación de Swagel sobre un país dividido apunta al obstáculo práctico. Reducir un déficit del 6,2% del PIB exige alguna combinación de mayores ingresos, menor gasto o un crecimiento más rápido, y cada opción divide al Congreso. El plazo de la Seguridad Social agudiza la elección: en 2032, la inacción misma se convierte en un recorte de prestaciones, aplicado de forma automática en lugar de votada. Los economistas que siguen los fondos fiduciarios llevan tiempo argumentando que actuar antes es más barato, porque ajustes menores compuestos durante más años cierran la brecha con menos dolor.
La reacción del mercado, por ahora, ha sido moderada en comparación con los demás sobresaltos de la semana. El rendimiento del Tesoro a 10 años en el 5,05% y el de 30 años en el 5,37% el 28 de octubre ya descuentan un fuerte endeudamiento federal, y la venta global de acciones tecnológicas de la semana — la caída de Alphabet de unos 500.000 millones de dólares en una sesión — dominó las mesas de negociación. Pero los mercados de bonos tienen buena memoria: el cruce fiscal del 100% elimina un colchón psicológico más, y los operadores vigilarán los próximos anuncios de refinanciación del Tesoro y la reunión de diciembre de la Fed, donde los mercados esperan una subida de tasas, para ver cuánto más pagará el gobierno por endeudarse.
Una ratio de deuda superior al 100% no significa que Estados Unidos no pueda pagar sus facturas. El dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, los valores del Tesoro siguen siendo el activo seguro global, y el gobierno se endeuda en su propia moneda, ventajas que ningún otro país muy endeudado disfruta por completo. La ratio de deuda de Japón es mucho mayor, y su gobierno no ha incumplido. La línea del 100% no es un precipicio.
Lo que sí significa es menos margen de maniobra. Cada dólar gastado en pagar la deuda es un dólar que no se gasta en defensa, infraestructura, investigación o alivio fiscal. Cuando llegue la próxima recesión o crisis — y llegará —, el gobierno entrará en ella endeudándose ya al 6,2% del PIB, con costes de intereses en aumento y una pila de deuda mayor que la economía. El margen fiscal que permitió a Washington responder con fuerza a la crisis de 2008 y a la pandemia es ahora más estrecho, y la proyección de la CBO del 120% para 2036 muestra que se estrecha aún más con la política actual.
Para los votantes que acuden a las urnas el 3 de noviembre, el hito replantea el debate sobre la asequibilidad que ha dominado la campaña. Los altos precios en el surtidor — la gasolina regular cuesta en promedio un 42% más que antes de que la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán perturbara los mercados energéticos, según datos de AAA citados en informaciones recientes — y las tasas hipotecarias fijadas a partir de los rendimientos del Tesoro son el rostro doméstico de la misma historia fiscal. La deuda es abstracta; la tasa de interés de un préstamo hipotecario, no.
También importa para el próximo Congreso de forma concreta y procedimental. El límite de deuda, el déficit de la Seguridad Social y las luchas anuales de asignaciones llegarán con el telón de fondo de un Estados Unidos que debe al público más de lo que produce en un año. Ese hecho será invocado por ambos partidos — un lado para defender la contención del gasto, el otro para defender los ingresos —, pero ninguno puede hacer desaparecer la aritmética.
Tres cosas decidirán hacia dónde va la ratio a partir de aquí. La primera son las revisiones del PIB: la Oficina de Análisis Económico revisará su estimación del tercer trimestre dos veces en las próximas semanas, y un cambio en la producción podría devolver la cifra fiscal por debajo del 100% o confirmarla con más firmeza por encima. La segunda son las tasas de interés: si los rendimientos del Tesoro a largo plazo se mantienen cerca del 5%, los costes de intereses seguirán por encima de lo asumido por la CBO, sumándose a la deuda más rápido de lo previsto. La tercera es el Congreso, que debe abordar el déficit de la Seguridad Social antes de 2032 o aceptar recortes automáticos de prestaciones.
El calendario a más corto plazo está cargado. La reunión de diciembre de la Reserva Federal, donde los inversores esperan en gran medida una subida de un cuarto de punto, pondrá a prueba cómo el banco central equilibra una inflación elevada con un mercado laboral que se enfría. El nuevo Congreso que surja de las elecciones de medio término afrontará el ciclo anual de financiación, y el calendario de endeudamiento del Tesoro mostrará, trimestre a trimestre, cuánto de la pila de 32 billones debe refinanciarse a los rendimientos actuales. Cada subasta es un pequeño referéndum sobre la confianza en las finanzas públicas estadounidenses.
A más largo plazo, la pregunta es si el 100% se convierte en un punto de inflexión o en un punto de paso. En 1946, la ratio cayó con rapidez cuando la economía de guerra se desmovilizó, el crecimiento repuntó y el gobierno registró superávits. Nada en las proyecciones actuales ofrece una repetición: la CBO ve la ratio subiendo, no bajando, durante la próxima década. Invertir ese camino exigiría el tipo de consolidación fiscal sostenida que Estados Unidos no intenta desde los años noventa, en un entorno político que Swagel describe como dividido. El hito, en ese sentido, es menos un veredicto que un pistoletazo de salida para un debate que el país lleva 25 años posponiendo.
Significa que la deuda en manos del público — 32,2 billones de dólares al cierre del año fiscal 2026 — es ligeramente mayor que el valor de todo lo que la economía estadounidense produjo en ese año fiscal. La ratio fue del 100,03%, frente al 99,4% del año anterior.
No. La deuda federal bruta superó recientemente los 40 billones de dólares, pero incluye la deuda intra-gubernamental: dinero que una parte del gobierno le debe a otra, como los valores del Tesoro en manos del fondo fiduciario de la Seguridad Social. La deuda en manos del público excluye esas obligaciones internas y es la medida que prefieren los economistas.
En 1946, el año después de que terminara la Segunda Guerra Mundial, cuando la ratio alcanzó su máximo histórico del 106% tras el endeudamiento de guerra. La cifra del año fiscal 2026, del 100,03%, es la primera lectura de cierre fiscal por encima del 100% desde entonces.
Sí, en principio. El cálculo usa la primera estimación del PIB del tercer trimestre de 2026, que se revisará dos veces. Una revisión al alza suficientemente grande de la producción podría devolver la ratio por debajo del 100%, aunque la ratio trailing intraanual ya superó el 100% en marzo de 2026.
Con la política actual, la CBO prevé que la ratio suba hacia el 120% en 2036, con costes netos de intereses que aumentan más de 1 punto porcentual del PIB en la próxima década. El fondo fiduciario de la Seguridad Social se agotaría en 2032, lo que provocaría reducciones automáticas de prestaciones hasta alrededor del 78% de los niveles programados a menos que el Congreso actúe.
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