
Muere Dolores Huerta a los 96 años, y con ella se cierra una vida que transformó el trabajo en Estados Unidos desde los campos de uva del Valle Central de California hasta los pasillos de Washington. Su familia anunció el miércoles 28 de octubre de 2026 que la cofundadora de United Farm Workers había fallecido en su casa de Bakersfield, California. Un portavoz de la familia dijo que la causa fue el cáncer, según la versión de USA TODAY sobre el anuncio, aunque una primera versión pública del comunicado familiar aún no había dado una causa.
El anuncio llegó el miércoles por la mañana a través de la fundación que la propia Huerta había creado en 2002. "Estamos profundamente tristes por anunciar que nuestra querida madre, Dolores Huerta, ha fallecido hoy", escribió la familia en un mensaje en redes sociales difundido por la Fundación Dolores Huerta, según los reportes del comunicado. La familia pidió privacidad y dijo que pronto compartiría planes para honrar su vida y su legado.
USA TODAY, al informar de la muerte a partir del obituario del Palm Springs Desert Sun, dijo que Huerta murió en su casa de Bakersfield y que un portavoz familiar identificó el cáncer como causa. Reuters, en su propio obituario, informó que Huerta murió el miércoles a los 96 años y la describió como una de las mujeres más destacadas de la historia laboral de Estados Unidos. The Associated Press, difundida por emisoras de NPR, informó igualmente que su familia dijo a través de su fundación que murió el miércoles en casa, sin dar más detalles en esa versión inicial.
Huerta se había mantenido públicamente activa hasta bien entrados sus noventa años. Su fundación celebró en junio de 2026, en Los Ángeles, una fiesta con entradas agotadas por su 96 cumpleaños, concebida como una recaudación de fondos para continuar el trabajo organizativo de base en California. Incluso en su último año seguía marchando, hablando en público y registrando votantes, un ritmo que sus amigos y colegas consideraban habitual en una mujer que llevaba más de seis décadas organizando.
Su muerte llega menos de una semana antes de las elecciones de medio término del 3 de noviembre, un momento en que el trabajo de votación y participación cívica que defendió durante décadas vuelve a estar en el centro de la política estadounidense. También llega en un año en que la propia Huerta forzó un doloroso ajuste de cuentas público con el pasado del movimiento, al hablar en marzo de 2026 sobre un abuso que dijo haber mantenido en secreto durante 60 años.
Huerta nació como Dolores Clara Fernández el 10 de abril de 1930 en Dawson, Nuevo México, un pueblo minero del norte del estado. Tras el divorcio de sus padres, se mudó con su madre y sus hermanos a Stockton, California. Su madre trabajó como camarera, obrera de conservera y cocinera antes de regentar un hotel, donde a veces daba comida y alojamiento a trabajadores agrícolas que no podían pagarlo.
Huerta se graduó en la escuela secundaria de Stockton en 1947 y obtuvo un certificado de maestra. Enseñó brevemente en una escuela primaria, y lo que vio allí cambió el rumbo de su vida. Los niños llegaban hambrientos y sin ropa adecuada, y más tarde recordó haber decidido que podía hacer más por esas familias fuera del aula que dentro de ella. Se volcó en la organización comunitaria.
En la década de 1950 trabajó con la Community Service Organization, un grupo californiano de derechos civiles latinos, donde conoció a César Chávez. En 1960 organizó la Asociación de Trabajadores Agrícolas, y dos años después ambos fundaron la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas. Las probabilidades, recordó Huerta más tarde, parecían absurdas para los observadores. Los trabajadores agrícolas estaban dispersos por vastas regiones agrícolas, ganaban muy poco y casi no tenían protecciones laborales. "La gente pensaba que estábamos locos", dijo en un recuerdo citado en el obituario. "Preguntaban: '¿Cómo van a organizar a los trabajadores agrícolas? Son inmigrantes pobres y sin poder. No tienen dinero y no pueden votar'".
La confrontación decisiva del movimiento comenzó en 1965 en Delano. Trabajadores agrícolas filipinos, liderados por Larry Itliong, hicieron huelga contra los productores de uva de mesa, y Huerta, Chávez y su organización se unieron a ellos. Huerta trabajó junto a Itliong, ayudó a gestionar las campañas de boicot y negoció con las empresas de uva. Los trabajadores enfrentaron rompehuelgas, hostilidad y violencia; los organizadores respondieron con marchas, piquetes y las tácticas de desobediencia civil no violenta del movimiento más amplio por los derechos civiles.
Un boicot nacional a la uva de mesa de California convirtió una disputa laboral del Valle Central en una prueba nacional del poder del consumidor. Millones de estadounidenses dejaron de comprar uvas, y los principales productores terminaron firmando contratos sindicales que trajeron beneficios y protecciones laborales que antes parecían inalcanzables. En 1972 la organización se convirtió en United Farm Workers. Tres años después, California promulgó la Ley de Relaciones Laborales Agrícolas, que garantizó a los trabajadores agrícolas el derecho a organizarse y negociar colectivamente y obligó a los empleadores a negociar de buena fe.
Según Reuters, los contratos negociados por el sindicato dieron seguridad laboral, atención médica, planes de jubilación, una cooperativa de crédito y protecciones específicas como periodos de descanso garantizados, baños en los campos, agua potable limpia y protección contra los pesticidas. Huerta sirvió al sindicato como negociadora jefe, organizadora de huelgas, cabildera y reformadora durante su apogeo en las décadas de 1960 y 1970, y siguió siendo vicepresidenta hasta dejar su cargo en 1999, tras 37 años.
Su activismo se cruzó repetidamente con los momentos políticos definitorios de California. Estaba con el senador Robert F. Kennedy en el Hotel Ambassador de Los Ángeles el 5 de junio de 1968, después de que ganara las primarias demócratas de California, y se unió a su comitiva cuando salía del escenario. Minutos después, Kennedy fue baleado en una despensa del hotel y murió al día siguiente. Dos décadas después, en 1988, un agente de policía golpeó a Huerta con una porra durante una manifestación frente a un hotel de San Francisco donde hablaba el vicepresidente George H.W. Bush, rompiéndole las costillas y el bazo. Pasó por una cirugía de emergencia, meses de recuperación, y más tarde recibió un acuerdo de 825.000 dólares de San Francisco que usó en beneficio de los trabajadores agrícolas, mientras la ciudad cambiaba sus políticas de control de multitudes.
Más allá del trabajo sindical, Huerta pasó meses en Washington cabildeando por la Ley de Reforma y Control de la Inmigración de 1986, que dio estatus legal a millones de inmigrantes indocumentados. Defendió a los inmigrantes, a las mujeres y una mayor participación política latina, fue mentora de mujeres que buscaban cargos electos y trabajó con la Feminist Majority Foundation tras dejar la dirección del sindicato.
Pocas frases de la historia de la protesta estadounidense viajaron tan lejos como las tres palabras que Huerta dio al movimiento. "Sí se puede" comenzó como un canto de trabajadores agrícolas y se convirtió en un elemento habitual en manifestaciones laborales, campañas políticas y marchas de protesta lejos de los campos donde nació. Barack Obama adoptó una versión de la frase para su exitosa campaña presidencial de 2008, y cuando le entregó a Huerta la Medalla Presidencial de la Libertad en 2012, el máximo honor civil del país, bromeó diciendo que le había robado el lema.
Los honores se acumularon a lo largo de una larga vida: murales la representaron, escuelas y edificios públicos llevaron su nombre, y en 2018 el entonces gobernador Jerry Brown firmó la ley que designa el 10 de abril como el Día de Dolores Huerta en California. Fue protagonista del documental de 2017 "Dolores", dirigido por Peter Bratt. Sin embargo, Huerta se resistió a quedarse en un papel puramente ceremonial. Su fundación, con sede en Bakersfield, se centró en el desarrollo de liderazgo, la participación cívica y la organización de base, y mantuvo un intenso calendario de conferencias y protestas hasta sus noventa años, hablando sobre raza, pobreza, derechos LGBTQ+ y derechos de las mujeres y, en los últimos años, contra las políticas migratorias del presidente Donald Trump.
Esa longevidad es parte de por qué su última revelación pública tuvo tanta fuerza. A principios de 2026, Huerta acusó públicamente a Chávez de haber abusado sexualmente de ella durante sus años juntos en el movimiento laboral de California. Según el obituario de USA TODAY, dijo que Chávez la violó en un vehículo en un campo de uva apartado de California en 1966, y que había guardado silencio por lealtad al movimiento de trabajadores agrícolas, desconfianza en las fuerzas del orden y miedo a no ser creída. "Lo veía, de nuevo, como mi jefe, como mi héroe, como alguien que haría lo imposible", dijo en el relato facilitado para el obituario. "Nunca hablé de ello con nadie, y la razón por la que no lo hice es porque simplemente no quería dañar al movimiento".
Huerta también dijo que dos de sus hijos fueron resultado de encuentros sexuales con Chávez, incluida la violación, y que en ese momento no sabía nada sobre las acusaciones de que él había abusado de niñas menores de edad. "Desafortunadamente, usó parte de su gran liderazgo para abusar de mujeres y niños", dijo. La versión de Associated Press informó igualmente que este año reveló que fue abusada sexualmente en la década de 1960 por Chávez, lo que llevó al nacimiento de dos hijos, un secreto que guardó durante 60 años y mucho después de que él muriera en 1993. Chávez, fallecido hace más de tres décadas, no puede responder a la acusación, y la revelación ha complicado la historia de un movimiento que ambos líderes pasaron décadas construyendo. Huerta también enfrentó críticas de mujeres que decían que el sexismo y el acoso sexual dentro del sindicato no siempre se habían abordado adecuadamente.
La propia Huerta enmarcó el trabajo de su vida en términos colectivos, no personales. "Cuando las personas se unen y actúan colectivamente, ya sea en una marcha, en una elección sindical o, lo más importante, se unen para votar", dijo en 2020, "así es como logramos el cambio". Esa frase, más que cualquier contrato o ley, puede ser el resumen más claro de lo que ella creía que era organizar.
La noticia de su muerte se difundió rápidamente el miércoles, primero con el comunicado de la fundación familiar y luego con obituarios de Reuters, Associated Press y USA TODAY. La familia mantuvo un tono sobrio: anunció la muerte, pidió privacidad y prometió planes para celebrar su vida. En el momento de los primeros reportes no se habían anunciado detalles de funeral o memorial.
Los homenajes incluidos en los propios obituarios dibujaron la magnitud de la pérdida. Reuters llamó a Huerta una de las mujeres más destacadas de la historia laboral de Estados Unidos y le atribuyó el lema del sindicato. Associated Press describió su determinación como algo que consolidó su lugar como una de las líderes laborales, iconos de derechos civiles y activistas feministas más influyentes del país. USA TODAY observó que pocas activistas estaban tan entrelazadas con la historia moderna de California como Huerta, cuya influencia se extendía desde los campamentos laborales del Valle Central hasta Sacramento, Washington y una nueva generación de activistas.
La entrega de la Medalla de la Libertad de 2012 por parte de Obama sigue siendo el homenaje oficial más citado a su trabajo. Al presentar el premio, elogió a Huerta como una líder tenaz y bromeó con haberle tomado prestado el lema para su propia campaña, una broma que solo funcionaba porque el lema ya formaba parte del vocabulario político estadounidense. Sus propias palabras, citadas en todos los obituarios, vuelven una y otra vez a la gente común: los trabajadores agrícolas que dejaron de comprar uvas, las familias que marcharon, los votantes a los que dedicó sus noventa años a registrar.
Su vida familiar fue inseparable de ese trabajo. Huerta se casó dos veces, primero con Ralph Head y después con un esposo de apellido Huerta, cuyo apellido conservó tras el divorcio. Desde principios de la década de 1970, su compañero de vida fue Richard Chávez, hermano de César Chávez, y juntos tuvieron cuatro hijos. También tuvo siete hijos de sus dos matrimonios anteriores. Madre de 14 hijos en total, equilibró la vida familiar con años viajando entre comunidades agrícolas de California, negociando, manifestándose y haciendo campaña. Trece de sus hijos le sobreviven, junto con 24 nietos, 23 bisnietos y siete tataranietos, según el obituario.
La muerte de Huerta importa porque las instituciones que construyó todavía dan forma a la vida diaria de millones de trabajadores que cosechan los alimentos de Estados Unidos. El derecho de los trabajadores agrícolas de California a organizarse y negociar colectivamente, los descansos, el agua limpia y las protecciones contra pesticidas escritos en los contratos sindicales, y la ley migratoria de 1986 por la que cabildeó en Washington, se remontan a campañas que ayudó a liderar. Esas conquistas no fueron abstractas: cambiaron cómo era un día en los campos y si un trabajador que se quejaba de las condiciones podía hacerlo sin perder su empleo.
También importa porque Huerta cambió quién podía liderar el movimiento laboral estadounidense. En un movimiento cuya cara pública era abrumadoramente masculina —el propio Chávez era la cara de la organización—, Huerta fue su negociadora jefe y estratega, la persona frente a los productores y en las salas donde se decidía la estrategia del boicot. Su prominencia, y el trabajo feminista que emprendió tras dejar la dirección del sindicato, abrieron un espacio para las mujeres en el trabajo y la política latina que sobrevivió a su propia carrera.
Por último, su última revelación importa para cómo se contará ahora la historia del movimiento. Al hablar en 2026 sobre un abuso que dijo haber sufrido en 1966, Huerta obligó a las instituciones que celebran el movimiento de trabajadores agrícolas —escuelas con su nombre, un día estatal en su honor, un documental sobre su vida— a sostener dos verdades a la vez: un movimiento que logró conquistas históricas para trabajadores sin poder, y un líder dentro de él que, según su relato, abusó de su poder sobre las mujeres. Cómo California, el sindicato y los historiadores manejen esa tensión formará parte de su legado, lo quieran o no.
La familia dijo que anunciaría más adelante planes para reconocer y celebrar la vida y el legado de Huerta, y pidió privacidad mientras tanto. En los primeros reportes del miércoles no se habían publicado fecha, lugar ni arreglos de funeral o memorial público. Dada su estatura en California, es probable que en los próximos días lleguen homenajes públicos de funcionarios estatales, líderes sindicales y la fundación, y que su fundación con sede en Bakersfield se convierta en un punto central de la actividad conmemorativa.
El trabajo práctico que dejó continúa sin pausa. La Fundación Dolores Huerta, fundada en 2002, continúa la organización de base, el desarrollo de liderazgo y la participación cívica en California, y sus organizadores enfrentan una prueba inmediata: las elecciones de medio término del 3 de noviembre, para las que Huerta dedicó sus últimos años a registrar votantes y respaldar candidatos. Si su muerte se convierte en un punto de encuentro en ese tramo final de campaña, se verá en cuestión de días.
A más largo plazo, el ajuste de cuentas que inició en marzo de 2026 probablemente no terminará con su muerte. Historiadores, el sindicato y las instituciones cívicas de California tendrán que decidir cómo presentar el legado de Chávez junto al relato de Huerta, y cómo abordar la crítica más amplia que ella misma reconoció: que el sexismo y el acoso sexual dentro del sindicato no siempre se abordaron adecuadamente. Esa conversación, como los boicots que una vez organizó, se decidirá menos por líderes célebres que por personas comunes que actúan colectivamente, exactamente como ella siempre insistió.
Dolores Huerta fue una líder laboral y activista de derechos civiles que cofundó en 1962 la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas junto a César Chávez, la organización que se convirtió en United Farm Workers. Fue su negociadora jefe y estratega, lideró las campañas de boicot a la uva y ayudó a lograr derechos de negociación colectiva para los trabajadores agrícolas de California.
Su familia anunció el 28 de octubre de 2026 que murió en su casa de Bakersfield, California, a los 96 años. Un portavoz familiar dijo que la causa fue el cáncer, según la versión de USA TODAY; una primera versión pública del comunicado familiar aún no había dado una causa.
"Sí se puede" significa "Yes, we can" o "Sí, se puede hacer". Huerta lo acuñó como lema de los trabajadores agrícolas y se convirtió en uno de los cantos más conocidos de la historia de la protesta estadounidense. Barack Obama adoptó una versión para su campaña presidencial de 2008.
A principios de 2026, Huerta acusó públicamente a Chávez, fallecido en 1993, de haber abusado sexualmente de ella en 1966, incluida una violación en un campo de uva apartado de California. Dijo que dos de sus hijos fueron resultado de encuentros sexuales con Chávez y que guardó silencio durante décadas por lealtad al movimiento y miedo a no ser creída.
Huerta recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de manos de Barack Obama en 2012, California designó el 10 de abril como el Día de Dolores Huerta en 2018 y fue protagonista del documental de 2017 "Dolores". Escuelas, murales y edificios públicos de California también llevan su nombre.
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